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Cada año sucede igual: tras la disputa de la final del béisbol venezolano y la Serie del Caribe, queda en los aficionados venezolanos esa suerte de vacío en el alma, ese hueco profundo por donde caben las emociones que no regresarán hasta octubre, cuando se inicie la próxima temporada.
El país, como un todo, se engancha en el tren de la pelota, incluyendo a aquellos que no son habituales seguidores de los bates y los guantes. Es un asunto de contagio nacional, de virus de propagación que llega hasta las fibras más recónditas. En la última campaña, y como para que el naufragio de los sentimientos fuese aún mayor, Caracas y Magallanes se batieron al máximo de siete juegos; más fervor no se podía pedir.
Por eso el precipicio oscuro que se abre a los pies de la gente cuando acaba el campeonato. Y aunque el deporte internacional tiene hoy diversas vertientes, aunque es mucho el lugar dónde refugiarse, nada como los delirios desenfrenados que ponen a discutir a los vecinos y a polemizar a los compañeros de trabajo porque se es León o Navegante.
Por eso, la Copa Libertadores puede servir de paliativo. La presencia del Caracas y el Deportivo Italia por estos días ocupa amplios espacios en los medios de comunicación social, en los que el fútbol ha ganado una preponderancia no vista en épocas pasadas. Nombres como los de José Manuel Rey, Rafael Castellín y Noel “Chita” Sanvicente en las líneas caraquistas, o Cristian Cásseres, Leopoldo Jiménez y Eduardo Saragó en las itálicas, son seguidos con atención por la atípica afición criolla, que igual está en el estadio Universitario disfrutando de un juego de béisbol, en el Olímpico mirando uno de fútbol o en el hipódromo en una tarde de caballos.
Entonces llega marzo y, de repente, como en la recordada película de Kevin Costner, se abren los “campos de sueños”. Los peloteros criollos comienzan a mostrar sus aptitudes y talentos en los entrenamientos de los equipos de grandes ligas, en Florida y Arizona. Y, aunque sea a la distancia, el corazón del país se acelera de nuevo. Y no para empujar el carro de Leones, Navegantes, Tigres, Águilas, Tiburones, Bravos, Cardenales o Caribes, sino para ligar el estallido de los batazos de Bob Abreu, Miguel Cabrera y Pablo Sandoval, las victorias con lanzamientos de veneno puro de Johan Santana, Freddy García y Francisco Rodríguez.
En marzo, todos son campeones. En el tercer mes del año no hay quien no mire hacia el horizonte y suspire por el porvenir inmediato, por lo que habrá de venir cuando, en abril, comience la nueva campaña: victorias en seguidilla, reportajes y entrevistas, luces de cámaras y flashes de fotografía. Y por aquí la gente se hace ilusiones con las marcas que habrán de alcanzar los jugadores venezolanos, y se imagina a seis u ocho de ellos en el Juegos de las Estrellas y cuatro o cinco en la Serie Mundial.
Sin embargo, detrás de aquel manojo de sueños se esconden las realidades, y a los triunfos se les atravesarán las amargas derrotas. Sólo unos pocos llegarán a la cima, y la rueda de la historia se alista para comenzar a dar otra vuelta.
Más allá de todos los estremecimientos que el deporte provoca, queda la reflexión acerca de los niños que en cada octubre y en cada abril volvemos a ser, persiguiendo el tesoro que hay en la base del arco iris, imaginando heroicidades de los ídolos en los que nos vemos representados.
En estos primeros días de marzo, los campos de entrenamientos de las ligas mayores son esfuerzos y sudores, y el vacío de febrero comienza a llenarse. ¿Qué le tendrá el futuro reservado a jugadores y aficionados?
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