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Clara se subió a la moto sin resistirse a la invitación que le hicieron. Sus ojos y sonrisa eran un poema al entusiasmo. Quería disfrutar de la brisa acariciando sus mejillas y sentir la libertad en dos ruedas. Parecía tan fácil manejar una moto, que ni siquiera preguntó dónde quedaban los frenos. Había sido campeona en triciclo y bicicleta cuando era niña y también se había montado en caballos y mulas. Eran tan divertidos esos paseos… que ahora sólo le quedaba experimentar la velocidad. Pero su aventura no fue exactamente lo que ella esperaba. Sus amigas vieron cómo arrancaba la moto, levantando la rueda delantera. Ellas aplaudían la exhibición al ver tanta audacia mientras Clara aceleraba para bajar velozmente por la calle hasta que, de repente, se estrelló contra un carro estacionado, quedando su cuerpo atrapado debajo de la moto sobre el capó del automóvil.
Han pasado 30 años desde aquél accidente y Clara aún recuerda, riendo, la emoción que vivió. No lamenta su error ni las consecuencias de su caída, a pesar de haber sufrido quemaduras de tercer grado. A sus 84 años, ha superado innumerables percances que pudieron haberla dejado muerta, usando bastón o simplemente inmóvil en una silla de ruedas. Ha sufrido tres grandes operaciones y contratiempos que muchas madres y esposas no resistiríamos sin amargura. Ella conserva intacto su buen humor y la vitalidad suficiente para realizar tareas que la mayoría de sus congéneres ya no pueden.
El poder de la mente, la tranquilidad de conciencia y un profundo optimismo parecen ser las claves de la felicidad. No sabemos cuánto viviremos porque no controlamos ese factor, mas preferiblemente, la vida debe ser placentera sin que esto signifique que no existirán situaciones indeseables u obstáculos por superar. La vida es un conjunto de retos y decisiones que sólo pueden asumirse sanamente con una buena dosis de seguridad y autoestima. A las madres nos corresponde inculcar y reafirmar estos valores en nuestros hijos desde que son muy pequeños, aunque la mayoría de las veces no sabemos cómo hacerlo. Sin embargo, ejemplos como éste nos hacen reflexionar profundamente, ya que las madres de antes carecían de estos conocimientos. Pareciera entonces que la facilidad de la vida moderna para adquirir comodidades y quitarnos de encima todo lo que nos molesta, es lo que ha forjado personalidades intolerantes e infelices. Quizás, el haber recibido una formación estricta y disciplinada sea el secreto para afrontar exitosamente nuestros problemas. No obstante, ¿cómo adquirir esa noción de optimismo y alegría? Probablemente, la respuesta esté en la aceptación de nosotros mismos y de nuestras circunstancias.
Mi mamá siempre ha querido volar. Ella dice que sabe “lo que se siente” porque lo ha vivido en sus sueños. A lo mejor un día de estos se le presenta la oportunidad de montarse en un ícaro y, con su habitual entusiasmo, acepta la invitación. Bien sé que si sus hijos nos enteramos de que ella va a realizar esa locura, nos opondremos de inmediato, alegando que no está en condiciones de poder hacerlo por su avanzada edad y limitaciones físicas. Pero yo, que la conozco, sé que contestará con una sonrisa a todos esos argumentos diciendo: ¿y quién dijo que no?
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