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¡Llegaron los androides! PDF Imprimir E-mail
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Un serio rival para el iPhone y Blackberry llega al mercado venezolano de la mano de Samsung y Motorola

A los usuarios venezolanos, aunque fuertemente identificados con la tecnología, no les interesa mucho hablar de los sistemas operativos de los celulares. No les importa cómo estos ubicuos gadgets realizan sus funciones, sino los beneficios que obtienen de ellos.

Sin embargo, las decisiones técnicas acerca del software de los celulares condicionan la calidad de la interfaz del usuario, y ofrecen más o menos facilidades y flexibilidad en la interacción cotidiana con los móviles.

Apple revolucionó en 2007 la interfaz de usuario con una llamativa pantalla táctil, sin teclado físico, y los grandes fabricantes como Nokia, Samsung o Sony Ericsson sacaron modelos que adoptaban esa tecnología.

Con el anuncio de Samsung -el mes pasado- de su smartphone Galaxy Spica y una versión latinoamericana del Droid que Motorola lanzará a principios de marzo, se concreta la entrada al mercado celular venezolano de los primeros modelos basados en el sistema operativo Android, inspirado en Linux e impulsado por Google y el consorcio Open Handset Alliance.

Android es el nombre de una compañía adquirida por Google en 2005 que proponía una plataforma de software abierta, siguiendo el mismo modelo de Linux para los PC. El primer teléfono con ese software fue fabricado por HTC, modelo Dream, y salió al mercado a finales de 2008.

Desde entonces, otros fabricantes comenzaron a lanzar sus creaciones y, para finales de 2009, había una decena de opciones disponibles en EE UU, Europa y Asia. A inicios de este año, Google lanzó su propio modelo con Android, el Nexus One. La plataforma cuenta, en su conjunto, con 5% de penetración en el segmento de los smartphones.

La promesa androide

Tanto para los fabricantes, operadores móviles y los usuarios, la gran promesa del ambiente Android es su flexibilidad. Los operadores están en la capacidad de actualizar los teléfonos con versiones nuevas del software sin intervención de los usuarios.

Para los cliente hay gran flexibilidad para la personalización de sus teléfonos que son de naturaleza híbrida en su interfaz: traen una pantalla táctil similar a la que hizo famoso al iPhone y muchos poseen también un teclado deslizable, muy útil a la hora de la elaboración de mensajes de texto, actualizaciones de Twitter y Facebook o correos electrónicos.

No podía faltar una tienda de aplicaciones en este nuevo competidor celular. En la evolución de las diferentes versiones del sistema operativo ha mejorado la experiencia de interacción con el denominado Android Market, una tienda online de aplicaciones, la mayoría de ellas gratuitas, que pueden ser transferidas al teléfono a través de la red celular.

Samsung agresivo

Samsung es la segunda marca fabricante en ventas de teléfonos celulares, detrás de Nokia. Actualmente, presenta su primer modelo Android en Venezuela, el Galaxy Spica, que a su vez es una versión más accesible del primer celular basado en Android que sacó al mercado, el Galaxy.

En Venezuela, según el gerente de dispositivos móviles de Samsung, Luis Cobo, la empresa coreana logró en 2009 posicionarse como el primer proveedor para GSM. Su oferta local de móviles incluye los basados en Windows Mobile como el Omnia II en el tope de gama y, finalmente, trae su primer modelo Android.

El Galaxy Spica corre el sistema Android versión 1.5 y posee una interfaz totalmente táctil. Para labores de introducción de texto, provee un teclado Qwerty virtual en la pantalla, tanto en orientación vertical como en la horizontal. Tiene un procesador de 800 MHz y una cámara de 3,2 mega píxeles sin flash.

Motorola contra-ataca

Después de liderar la introducción del teléfono celular y ocupar por largo tiempo la segunda posición detrás de Nokia, Motorola bajó drásticamente sus ventas y se percibía como estancada, apegada a su gran éxito con el Razr. Trató de replicar su diseño en muchos de los modelos subsiguientes, aunque sin propuestas novedosas en términos de valor para el usuario.

Motorola está ahora muy comprometida con la plataforma Android y piensa lanzar este año una decena de modelos basados en ese sistema.

Para competir en América Latina, Motorola elaboró una versión del Droid -su producto estandarte en EE UU- al que llamó Milestone, basado en una de las más recientes versiones de Android (la 2.0), el primero lanzado en Venezuela.

El Milestone ofrece la capacidad multi-touch que dio a conocer el iPhone, con la posibilidad de hacer zoom en una foto o en una página web con un gesto del pulgar y el dedo índice. Esta es una de las ventajas de la versión 2.0 de Android, sostienen sus directivos.

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¿Y quién dijo que no? PDF Imprimir E-mail
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MaloBueno 
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Clara se subió a la moto sin resistirse a la invitación que le hicieron. Sus ojos y sonrisa eran un poema al entusiasmo. Quería disfrutar de la brisa acariciando sus mejillas y sentir la libertad en dos ruedas. Parecía tan fácil manejar una moto, que ni siquiera preguntó dónde quedaban los frenos. Había sido campeona en triciclo y bicicleta cuando era niña y también se había montado en caballos y mulas. Eran tan divertidos esos paseos… que ahora sólo le quedaba experimentar la velocidad. Pero su aventura no fue exactamente lo que ella esperaba. Sus amigas vieron cómo arrancaba la moto, levantando la rueda delantera. Ellas aplaudían la exhibición al ver tanta audacia mientras Clara aceleraba para bajar velozmente por la calle hasta que, de repente, se estrelló contra un carro estacionado, quedando su cuerpo atrapado debajo de la moto sobre el capó del automóvil.

Han pasado 30 años desde aquél accidente y Clara aún recuerda, riendo, la emoción que vivió. No lamenta su error ni las consecuencias de su caída, a pesar de haber sufrido quemaduras de tercer grado. A sus 84 años, ha superado innumerables percances que pudieron haberla dejado muerta, usando bastón o simplemente inmóvil en una silla de ruedas. Ha sufrido tres grandes operaciones y contratiempos que muchas madres y esposas no resistiríamos sin amargura. Ella conserva intacto su buen humor y la vitalidad suficiente para realizar tareas que la mayoría de sus congéneres ya no pueden.

El poder de la mente, la tranquilidad de conciencia y un profundo optimismo parecen ser las claves de la felicidad. No sabemos cuánto viviremos porque no controlamos ese factor, mas preferiblemente, la vida debe ser placentera sin que esto signifique que no existirán situaciones indeseables u obstáculos por superar. La vida es un conjunto de retos y decisiones que sólo pueden asumirse sanamente con una buena dosis de seguridad y autoestima. A las madres nos corresponde inculcar y reafirmar estos valores en nuestros hijos desde que son muy pequeños, aunque la mayoría de las veces no sabemos cómo hacerlo. Sin embargo, ejemplos como éste nos hacen reflexionar profundamente, ya que las madres de antes carecían de estos conocimientos. Pareciera entonces que la facilidad de la vida moderna para adquirir comodidades y quitarnos de encima todo lo que nos molesta, es lo que ha forjado personalidades intolerantes e infelices. Quizás, el haber recibido una formación estricta y disciplinada sea el secreto para afrontar exitosamente nuestros problemas. No obstante, ¿cómo adquirir esa noción de optimismo y alegría? Probablemente, la respuesta esté en la aceptación de nosotros mismos y de nuestras circunstancias.

Mi mamá siempre ha querido volar. Ella dice que sabe “lo que se siente” porque lo ha vivido en sus sueños. A lo mejor un día de estos se le presenta la oportunidad de montarse en un ícaro y, con su habitual entusiasmo, acepta la invitación. Bien sé que si sus hijos nos enteramos de que ella va a realizar esa locura, nos opondremos de inmediato, alegando que no está en condiciones de poder hacerlo por su avanzada edad y limitaciones físicas. Pero yo, que la conozco, sé que contestará con una sonrisa a todos esos argumentos diciendo: ¿y quién dijo que no?

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Charleros los llaman PDF Imprimir E-mail
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Se los topa uno irremisiblemente, sea la hora o día que sea, si usuario es del transporte público, busetas atascadas en el tráfico o toda vez que se ingrese a un vagón de Metro.

Súbito una voz al fondo, una letanía gemebunda que da cuenta, por lo poco que se entiende, de un desgarro o urgencia personal o concerniente a un ser amado. Difícil abstraerse de esa interpelación; no termina el relato de un caso más de la intemperie ciudadana, cuando las señoras abren ya su carteras, ya los caballeros hurgan sus bolsillos.

“Hoy por mí, mañana por ti”, la sentencia conmina a todos los pasajeros de la circunstancia, y monedas y billetes caen en la mano suplicante, con las bendiciones de rigor.

“Charleros” los llaman, pero más que charlar, recitan un libreto, un desprendimiento espurio de algún pasaje del gran Víctor Hugo; estos conferencistas dolorosos ponen a cualquiera en un dilema y nociones como caridad, solidaridad, simple compasión o conmiseración, se anudan en la garganta y se cimbran en la conciencia.

Pasa que, con el tiempo, uno, el viajero urbano común y corriente, empieza a frecuentar estos personajes y ahí asalta la pregunta ¿hasta qué punto el “charlero” de ocasión no incurre en una forma fraudulenta de hacerse del presupuesto diario, a cuenta de la misericordia de los otros?

Ahí está otra vez el señor que pide una colaboración para poder regresar a su pueblo en algún confín de la patria. A la tercera o cuarta vez de verlo, con el mismo cuento de estar atrapado en la capital, sin poder volver al terruño, cualquiera se pregunta si el señor será acaso parisino o tal vez la familia lo espere en Alaska.

Nada nuevo bajo el sol. La mendicidad es profesión antigua y, tal como ilustra Naguib Mahfouz en El callejón de los milagros, la industria del menester, al menos en Egipto, da lugar a una diversificación económica en la que aparece por ejemplo un experto en operar las deformaciones o mutilaciones corporales, suerte de anti cirujano, que acrediten al aspirante a pordiosero.

Los “charleros” de Caracas, diría, son más creativos, algunos verdaderos artistas: actúan o cantan. Hay una señora, por ejemplo, que se reivindica a sí misma como pionera del oficio de pedir en los vagones de Metro, como en reclamo de los royalties que se le deben a “la idea original”.

Los cantantes, en cambio, algunos con una pinta a lo Bob Dylan pero muy de medio pelo, su guitarra y armónica, otros, presuntos raperos, siempre enuncian la coletilla tras la actuación: “Señoras y señores, se les agradece, con lo que puedan, esto es cultura”.

¡Vaya, cultura! Ya no hace falta moverse hasta el Museo de Bellas Artes o al Aula Magna a escuchar un concierto sinfónico. Suba a un vagón de Metro y saldrá… culturizado. Y si no quiere, no tiene por qué pagar, los artistas reparten bendiciones sin distingos.

En días recientes subió al vagón que me llevaba un dúo peculiar. Tras la presentación de rigor, se enfrascaron en un contrapunto llanero inspirado en el campeonato Caracas-Magallanes. Eso animó mucho a la gente. Luego, uno de ellos, muy afinadamente, obsequió un pasaje acompañado de arpa. Como bien no los veía entre los pasajeros desde mi puesto, me dije “¡hasta un arpa traen los tipos!”

Pero, no. El que no cantaba llevaba un reproductor de CD portátil: una pista grabada. Saqué un billete de 2 BF y me despedí antes de bajar: “Para el arpista, gracias”.

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Con el morral lleno PDF Imprimir E-mail
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MaloBueno 
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Al pasear frente a la larguísima reja del zoológico de Chapultepec, hace unos cuantos años, tuve la fortuna de toparme con una interesante muestra de fotografía mexicana del pasado reciente. Las imágenes, colgadas a gran formato a lo largo del camino, mostraban la cara sepia de la Ciudad de México: las calles de la urbe antes de convertirse en ese monstruo fascinante que es hoy, los sombrerudos de poblado bigote, la belleza recatada de las mujeres vestidas de blanco, la tierra marcada en rostros indígenas; en fin, una colección estupenda —y envidiable- de postales de lo que fue.

Justo cuando uno cree que Caracas se empeña en sepultarse bajo sus miserias y su frágil memoria, algo aparece que rescata la fe. En este caso es un libro. Y, ya lo sabemos, un libro es arma poderosa difícil de anular. Como siempre, la Fundación para la Cultura Urbana —que hace parte del Grupo de Empresas Econoinvest- reivindica su condición de elemento conector de los ciudadanos descuidados que somos con la ciudad que debería pertenecernos aún más.

Y si la imagen vale más que no sé cuántas palabras, ¿cuánto valdrá una vasta compilación de imágenes sobre la Caracas que tuvieron nuestros abuelos y la que vamos teniendo nosotros?

Fotografía urbana venezolana 1850-2009 es el nombre de este libro que bien merece una aproximación más formal y generosa que la balbuceada en estas líneas. Se trata de un trabajo descomunal, impensable en medio de lo que desde el punto de vista económico representa editar en este país, y que se antoja un lujo exquisito al mismo tiempo que documento imprescindible para quienes aprecien la importancia de la realidad captada por el lente fotográfico o, sencillamente, para quien guste de asomar su curiosidad por el momento fugaz congelado para siempre por quien estuvo ahí con la cámara bien dispuesta.

Fanfarroneando, el personaje de George Clooney en Up in the air, dice ante un auditorio que las fotos son para quienes no pueden o no saben recordar. Semejante afirmación es una tontería obvia: la foto atesorada no sólo es el respaldo de la memoria, es, entre otras muchas cosas, el pasaje directo que nos inserta una y otra vez en escenas que tocan más de una fibra sensible. Y si hay que llenar con algo los morrales de vida, las fotografías tendrían que estar entre los primeros lugares de nuestra lista.

Este es un libro pesado, pero que se carga con gusto. Nació del afán coleccionista de Hernán Sifontes, el capitán de Econoinvest, y maduró gracias al trabajo de Vasco Szinetar y William Niño Araque —como curadores- y de la coordinación editorial de Esmeralda Niño y el diseño de Pedro Quintero. Y también quiere ser más: quiere convertirse en exposición permanente dentro de un espacio al alcance de todos.

Fotografía urbana venezolana recoge una generosa muestra de la colección de la Fundación que se pasea desde principios del siglo XX, con la ciudad en plena gestación, hasta lo visto en Caracas hace apenas unos pocos años atrás. Esas páginas contienen lo que fue y lo que va siendo, los personajes anónimos, la gestación de la urbe, el álbum familiar del venezolano, los rostros conocidos por muchos y las poses de los desconocidos por casi todos, en un viaje por los tiempos en el que el espectador es conducido por algunos de los más importantes cultores, artistas y reporteros gráficos de nuestro país. ¿Cómo puede uno perderse un paseo así, sin verjas ni recuerdos ajenos a lo que somos?

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Cuando el futuro nos alcance PDF Imprimir E-mail
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Oscar Wilde

Cervantes creó con papel y tinta a un caballero andante y su plato más apetecido, “duelos y quebrantos”: huevos revueltos con lonjas de tocino mezclado con pan frito, acompañados de un tazón de tinto manchego. Jamás se preguntó si su “creatura” tenía o no calidad de vida, aunque bien podría conjeturarse que quien apostaba a la cantidad era su “alter ego” Sancho Panza, en tanto su señor lo hacía por la calidad de Dulcinea.

Una duda

Ha sido menester llegar al final del siglo XX para que el ser humano se preocupara por la vida que lleva o las condiciones en que vive (y se interrogue acerca de algo tan subjetivo como su calidad). Ciertos médicos, laboratorios y medios de comunicación no son ajenos a tal epidemia consumista que dice agregar más años a la vida, en lugar de más vida a los años. Pandemia ésta real y sin cura, a diferencia de la cuestionable AH1N1 y su ¿comercial? vacuna. ¿Por qué ahora y no antes emergen dichas disquisiciones, mientras la contaminación, cambio climático y desertización campean por la primera década del siglo XXI?

Acerca de cantidad

Calidad de vida no alude a estado emocional ni a sentimiento alguno: no se trata de sentirse mejor o peor, de ser feliz o desgraciado, de resignarse a la suerte o rebelarse contra el destino. Cobija un conjunto escasamente codificable de estados subjetivos; entre ellos (y algo olvidados) el buen comer, el buen amar y el buen leer, artes que solían practicarse a diario sobre la mesa o la cama (y viceversa).

Lo que siempre se ha tratado de medir es la “cantidad”; es decir, cuántos años vive alguien o cuánto tiempo dura algo vivo, pues “vida” es concepto suficientemente amplio para abarcar mundo animal y vegetal. La Biblia habla de patriarcas, como Matusalén, que vivieron siglos. Puede creerse que, tanto el Universo con todo lo que contiene, desde una galaxia hasta una hormiga, fue creado en seis días.

Progresión

Todo ser tiene un “período vital” (life span) grabado en sus genes, en tanto la apoptosis ejecuta -implacable- la extinción celular programada: desde micro- organismos que duran minutos, hasta coníferas como la sequía que resisten milenios. El máximo vital del ser humano ronda los 130 años. Que excepcionalmente se alcance tan respetable edad (suponiendo bueno tal exabrupto), dependerá de factores genéticos, ambientales, alimenticios y físicos. Estos últimos atribuibles a estrés, enfermedad y accidentes.

Cuando la conquista de América, el promedio de vida en Europa era de 20 años. La cifra se duplica en el siglo XVIII y alcanza los 70 años en el XX. Hoy, rondamos las 80 primaveras. Esta progresión explica por qué es ahora cuando el hombre se inquieta por el tipo de vida, o sea, por su calidad. Al alargarse la “cantidad”, surgen los achaques de una larga vejez huérfana de seguros sociales. Se vive con más enfermedades porque se vive más tiempo. Ese es el meollo.

¿El Quijote aún cabalga?

No tiene nada de raro que en esta época se pongan de moda temas como la eutanasia, aceptada legalmente en algunos países. Álgido punzón que invita a discusiones bizantinas.

Y así desembocamos en otra paradoja: la civilización tecnológica estira la vida, pero ¿quién paga el precio de su baja calidad? ¡Cuidado cuando su límite valga cero! Ya no cabalga Don Quijote; el plato “duelos y quebrantos” permanece frío, igual que mesa y cama.

“Lento pero viene, el futuro se acerca despacio pero viene, cual tenue llama. Lento pero viene, el futuro real el mismo que inventamos nosotros y el azar, cada vez más nosotros y menos el azar.”

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¿Existirá la Tierra dentro de 100 años? PDF Imprimir E-mail
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

¿Es posible que el hombre desaparezca del planeta? ¿Volvería a habitar la Tierra? ¿Tardarían mucho tiempo las ciudades en ser devoradas por la naturaleza? Tales preguntas se hacen expertos biólogos, geólogos, climatólogos, botánicos, arqueólogos, ingenieros y ecologistas, quienes también tratan de hallar respuesta a cómo sería la Tierra después de la desaparición. Estas interrogantes surgen dado los graves problemas ambientales, sociales y políticos existentes. ¿Qué causas podrían generar la desaparición del hombre? Según la ciencia, existen varias: causas naturales (desastres de grandes proporciones, pandemias provocadas por enfermedades incurables); artificiales, que incluyen factores provenientes del espacio; una posible guerra nuclear o biológica; una hambruna mundial, resultante de la superpoblación; la disminución de los recursos naturales no renovables; la destrucción de la capa de ozono; el calentamiento global; la pérdida de una atmósfera respirable debido a gases tóxicos; cambios bruscos de frío a calor o de calor a frío; congelamiento de la Tierra; llamaradas solares; que la Vía Láctea colapse con la galaxia Andrómeda; que el Sol absorba a la Tierra mientras aumenta de tamaño; la sustitución del hombre por robots; la infertilidad humana o una invasión de seres alienígenas superiores. Si esto sucediera, la naturaleza tardaría poco en invadir las ciudades, haciendo que edificios, calles, monumentos y otras estructuras sucumban ante inundaciones, corrosión y crecimiento de bosques, desiertos y áreas nevadas. Los embalses producirían desbordamientos tan fuertes, que inundarían lugares como el metro de Nueva York. Después, las calles se agrietarían. En los primeros días, meses y años sin humanos, la naturaleza comenzaría a recuperar terreno, al mismo tiempo que la falta de uso y mantenimiento debilitaría presas, plantas de energía y túneles. Poco después, especies de animales domésticos desaparecerían por falta de comida. Grandes animales que escaparán de los zoológicos proliferarían por las calles. Según Edward Wilson, biólogo de la Universidad de Harvard, en poco tiempo, vacas, ovejas, gallinas, cabras y cerdos morirían. Por su parte, Gordan Masterton, de la Real Institución de Ingenieros Civiles de Gran Bretaña, sostiene: “Tras desaparecer el hombre, las luces del planeta se apagarían después de paralizarse las plantas eléctricas y, a los pocos días, el mundo se encontraría en total oscuridad. Seis meses después, las ciudades serían ocupadas por los animales. En menos de 100 años lobos, ciervos y osos migrarían a las ciudades; entonces, la jungla de asfalto se convertiría en una verdadera jungla donde la naturaleza ganaría terreno. Al no existir el hombre, desaparecerían también los piojos y parásitos que habitaban en su cuerpo y enfermedades como el sida y el cáncer. Un siglo después, los edificios se derrumbarían: primero los de madera, arrasados por millones de hormigas blancas; después, los de cemento y hormigón comenzarían a desplomarse corroídos por el aire, las raíces de las plantas y el clima. Las antiguas zonas urbanas, cubiertas por bosques y matorrales, serían incendiadas por los relámpagos. En Nueva York, cubierto por el hielo, quedarían medio enterradas la Estatua de la Libertad y otros monumentos. Mientras la muralla china y el canal de Panamá desaparecerían, los reactores nucleares de las 441 centrales existentes se sobrecalentarían e incendiarían. La radiactividad duraría milenios, mientras que fallas tecnológicas harían que las computadoras tomaran acciones imprevistas o que los robots comenzarán a luchar contra el hombre. Nuestra civilización requiere de un constante mantenimiento que sólo el hombre garantiza. Sin embargo, los expertos sostienen que a la naturaleza tan sólo le tomaría 15.000 años borrar totalmente su huella, por lo que cabe plantearse: si la Tierra tiene 4.500 millones de años, ¿es posible que una civilización anterior a la nuestra haya existido millones de años antes? Si fue así o si ahora pudiéramos desaparecer, entonces no sería extraño encontrar muchos años después, en algún lugar del despoblado planeta, una placa con el siguiente mensaje: “El mundo, tal como lo conoció la humanidad, ahora es sólo un recuerdo. Su lugar lo ocupamos nosotros, los muertos que andan. Los pocos sobrevivientes buscan cualquier cosa que les permita olvidar el infierno en que se ha convertido su existencia. La misión de conseguir comida y suministros esenciales ha sido asignada a un “ejército” que realiza tal tarea fuera de los límites de las ciudadelas con la seguridad que les ofrecen los enormes vehículos blindados de los androides. Mientras, como vestigio de viejas costumbres de los antiguos habitantes del planeta, crece el desorden y la anarquía, y fuera, el ejército de los muertos —dirigido férreamente por los robots-humanoides- está aprendiendo a respetar, a organizarse y comunicarse, a consecuencia de la convivencia con ellos. A diferencia de los otros animales, el hombre antiguo fue dotado de un cerebro e inteligencia que le permitía sobrevivir y transmitir a sus descendientes la información cultural. Pero mal empleada ésta, su egoísmo y soberbia lo llevaron hacia su propia destrucción”.

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Vacío de febrero, sueños de marzo PDF Imprimir E-mail
Jueves, 04 de Marzo de 2010 09:47

Cada año sucede igual: tras la disputa de la final del béisbol venezolano y la Serie del Caribe, queda en los aficionados venezolanos esa suerte de vacío en el alma, ese hueco profundo por donde caben las emociones que no regresarán hasta octubre, cuando se inicie la próxima temporada.

El país, como un todo, se engancha en el tren de la pelota, incluyendo a aquellos que no son habituales seguidores de los bates y los guantes. Es un asunto de contagio nacional, de virus de propagación que llega hasta las fibras más recónditas. En la última campaña, y como para que el naufragio de los sentimientos fuese aún mayor, Caracas y Magallanes se batieron al máximo de siete juegos; más fervor no se podía pedir.

Por eso el precipicio oscuro que se abre a los pies de la gente cuando acaba el campeonato. Y aunque el deporte internacional tiene hoy diversas vertientes, aunque es mucho el lugar dónde refugiarse, nada como los delirios desenfrenados que ponen a discutir a los vecinos y a polemizar a los compañeros de trabajo porque se es León o Navegante.

Por eso, la Copa Libertadores puede servir de paliativo. La presencia del Caracas y el Deportivo Italia por estos días ocupa amplios espacios en los medios de comunicación social, en los que el fútbol ha ganado una preponderancia no vista en épocas pasadas. Nombres como los de José Manuel Rey, Rafael Castellín y Noel “Chita” Sanvicente en las líneas caraquistas, o Cristian Cásseres, Leopoldo Jiménez y Eduardo Saragó en las itálicas, son seguidos con atención por la atípica afición criolla, que igual está en el estadio Universitario disfrutando de un juego de béisbol, en el Olímpico mirando uno de fútbol o en el hipódromo en una tarde de caballos.

Entonces llega marzo y, de repente, como en la recordada película de Kevin Costner, se abren los “campos de sueños”. Los peloteros criollos comienzan a mostrar sus aptitudes y talentos en los entrenamientos de los equipos de grandes ligas, en Florida y Arizona. Y, aunque sea a la distancia, el corazón del país se acelera de nuevo. Y no para empujar el carro de Leones, Navegantes, Tigres, Águilas, Tiburones, Bravos, Cardenales o Caribes, sino para ligar el estallido de los batazos de Bob Abreu, Miguel Cabrera y Pablo Sandoval, las victorias con lanzamientos de veneno puro de Johan Santana, Freddy García y Francisco Rodríguez.

En marzo, todos son campeones. En el tercer mes del año no hay quien no mire hacia el horizonte y suspire por el porvenir inmediato, por lo que habrá de venir cuando, en abril, comience la nueva campaña: victorias en seguidilla, reportajes y entrevistas, luces de cámaras y flashes de fotografía. Y por aquí la gente se hace ilusiones con las marcas que habrán de alcanzar los jugadores venezolanos, y se imagina a seis u ocho de ellos en el Juegos de las Estrellas y cuatro o cinco en la Serie Mundial.

Sin embargo, detrás de aquel manojo de sueños se esconden las realidades, y a los triunfos se les atravesarán las amargas derrotas. Sólo unos pocos llegarán a la cima, y la rueda de la historia se alista para comenzar a dar otra vuelta.

Más allá de todos los estremecimientos que el deporte provoca, queda la reflexión acerca de los niños que en cada octubre y en cada abril volvemos a ser, persiguiendo el tesoro que hay en la base del arco iris, imaginando heroicidades de los ídolos en los que nos vemos representados.

En estos primeros días de marzo, los campos de entrenamientos de las ligas mayores son esfuerzos y sudores, y el vacío de febrero comienza a llenarse. ¿Qué le tendrá el futuro reservado a jugadores y aficionados?

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El arte de agradar PDF Imprimir E-mail
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MaloBueno 
Miércoles, 03 de Febrero de 2010 03:02

En el mundo del espectáculo hay variadas formas de entretenimiento: circos, conciertos, deportes, cine, juegos, teatro y hasta entrevistas. La reina de todas las diversiones nació en el siglo XX: la televisión. Desde su llegada se ha perfeccionado y diversificado la manera de presentar el talento humano hasta el punto de agradar nuestros sentidos sin agotar la creatividad. Pero hay otras maneras de divertirse que son esencialmente diferentes.

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